Es la Nochebuena de 1914. Estamos en las trincheras de Flandes (Bélgica). El frío es insoportable, el barro llega a las rodillas y el olor a pólvora lo inunda todo. Británicos y alemanes llevan meses matándose por unos pocos metros de tierra. Nada parece capaz de detener la carnicería.
Sin embargo, según relata el artículo de Evangélico Digital, ocurrió lo imposible.
El milagro comienza con una canción
De repente, desde las trincheras alemanas, no salió el sonido de un disparo, sino el de una voz cantando: "Stille Nacht, heilige Nacht" (Noche de Paz). Los soldados británicos, confundidos, no dispararon. Al poco tiempo, ellos respondieron cantando en inglés.
Lo que sucedió después desafió todas las órdenes militares. Un soldado alemán se asomó con un pequeño árbol de Navidad iluminado. No hubo fuego cruzado. Poco a poco, los hombres que horas antes se odiaban, salieron a la "tierra de nadie".
Fútbol, chocolate y oración
Esa noche, el frente de batalla se convirtió en un espacio de hermandad. El artículo destaca momentos que parecen de película:
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Intercambio de regalos: Compartieron tabaco, chocolate y mermelada.
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El partido de la paz: Jugaron un improvisado partido de fútbol con una pelota hecha de trapos.
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Dignidad en el dolor: Juntos, ayudaron a enterrar a los caídos de ambos bandos, leyendo el Salmo 23 mientras los capellanes oraban.
Unidos por una sola fe
Un soldado británico escribió en su diario que "no había ni un átomo de odio". Por unas horas, no fueron alemanes ni ingleses; fueron seres humanos reconociendo el nacimiento del Salvador. Fue una tregua espontánea que nació del corazón de los soldados, ante la frustración de sus generales que querían seguir la guerra.
Aunque al día siguiente la guerra continuó, esa noche demostró que la paz de Dios es más fuerte que cualquier conflicto político. Si en medio de una guerra mundial la Navidad pudo unir a enemigos, ¿qué no podrá hacer hoy en tu familia o en tu corazón?